Un camión arrolló a una camioneta en Carmen de Areco y murieron 9 personas. Las coberturas periodísticas hablaron de tragedia, deslizaron que en ese cruce estos hechos son habituales -sin mayores precisiones- y agregaron como dato saliente que todos los muertos eran de la comunidad gitana de Hurlingham,

Pero, ¿alguno de los cronistas indagó si alguno de los vehículos sobrepasaba el límite de velocidad? ¿Si la señalización era buena? ¿Si la camioneta y su conductor tenían sus papeles en regla? ¿Si los conductores habían bebido alcohol? Se supo que en la camioneta viajaban 16 personas, la mayoría en la caja, donde sólo se permite el transporte de carga. ¿Se hizo hincapié en el riesgo que esta práctica encierra? ¿Se averiguó si la camioneta, desde el comienzo de su viaje, había pasado por peajes o por controles policiales donde miraron para otro lado y no hicieron cesar ese viaje?

La realidad marca que, afortunadamente, los aviones casi nunca se caen. Pero cuando sucede, las coberturas de prensa incluyen todos los detalles de la investigación exhaustiva que realizan los expertos en seguridad aeronáutica, se describen las causas del siniestro y no se ahorra información técnica. Los autos, en cambio, chocan todo el tiempo: en Argentina hay 6 mil muertes al año y decenas de miles de personas heridas e incapacitadas permanentes. Pese a estos datos, suele tratarse el tema como una sucesión de hechos casuales, aislados, inevitables, producto de la fatalidad: como tragedia, palabra que nos gusta repetir.

No se escribe, o no se machaca, acerca de que estos hechos son la primera causa de muerte en menores de 35 años, que las guardias y quirófanos de los hospitales explotan por la cantidad de heridos que reciben, que el gasto en atención sanitaria y en rehabilitación es multimillonario, etc.

Los medios tampoco interpelan a las autoridades para que rindan cuentas por esto que pasa y menos aún se le pregunta a ningún candidato qué medidas de seguridad vial implementará en caso de resultar electo. Los periodistas especializados en tránsito saben bien que las muertes en la ruta constituyen una crisis de salud pública cuyo costo es altísimo para toda la sociedad, por lo que no deberían tolerar que la seguridad vial no forme parte de ninguna plataforma electoral para las próximas elecciones. ¿Por qué no se rebelan contra este statu quo y encaran a los políticos con preguntas clave? Su rol es clave para impulsar la solución para este drama.
Hace unos años, la Asociación de Periodistas de Tránsito (Palmara, Ginart et al) publicó un manual de estilo que resulta imprescindible reflotar. Algunos de los consejos para quienes tienen que cubrir los hechos viales son los siguientes:

1.- Evitar decir “accidente de tránsito” a secas, porque eso da la idea de un hecho fortuito y por tanto inevitable, y poner el foco en las causas del suceso: abuso de alcohol, exceso de velocidad, uso o falta de casco, peatón que cruzó por la mitad de la calle, etc., todas causas concretas y por tanto prevenibles. Hacerlo motiva la reflexión y el aprendizaje.

2.- Ser claros en el repudio mediático ante situaciones de abandono de la víctima, picadas, abuso y tantas otras faltas gravísimas. La prensa suele ser fiscal y juez de muchas conductas humanas: en estos casos, bienvenido sea. Sin morbo pero con claridad.

3.- Consultar a las fuentes, manteniendo canales directos con las autoridades viales, las organizaciones de familiares de las víctimas, los especialistas viales, etc., sin perder el espíritu crítico ni la distancia del observador imparcial.

4.- Informar brindando consejos útiles, como por ejemplo colocar a los niños en sus sillitas especiales, que los ocupantes del asiento trasero usen el cinturón de seguridad, que si llueve se circule más despacio y con mayor distancia respecto del auto de adelante, que se ceda el volante a alguien que no haya bebido, etc. Mechar estas indicaciones en cada informe de tránsito es una buena manera de dar un servicio a la sociedad y resaltar el riesgo vial que generan las violaciones de las normas.

5.- Hacer valer sus conocimientos y no bancarse la sanata de quienes están a cargo, en el estamento que fuere, de la seguridad vial: exigir al funcionario que debe controlar el mismo rigor que se le pediría a un infectólogo que tiene a su cargo la lucha contra una enfermedad accidente loboscontagiosa que mata a 20 personas por día en la Argentina.