El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos y nuestras habilidades se deterioran, entre ellas la aptitud para conducir. Todos los que ya cumplieron 65 ó 70 y manejan un vehículo deben estar atentos a determinadas señales, que pueden indicar que es tiempo de realizarse estudios médicos que aseguren que se está en condiciones de hacerlo de manera segura. Asimismo, los hijos y nietos de los adultos mayores, que suelen preocuparse cuando los ven irse en el auto después del almuerzo del domingo, también necesitan manejar la información que en esta nota se desarrolla.

Las patologías más comunes
No todo el mundo envejece de la misma manera, pero en general hay cuadros que se repiten. Los músculos se debilitan y las articulaciones cobran rigidez: la artritis es muy común entre los adultos mayores y puede afectar su capacidad para conducir: mover la cabeza para mirar hacia atrás, girar el volante rápidamente o frenar a fondo quizás ya no se logre como antes. La vista también se deteriora con los años: ver personas, cosas y movimientos fuera de su línea de visión directa no se logra adecuadamente. Puede tomar más tiempo leer las señales, reconocer lugares conocidos y detectar obstáculos en el camino. Por la noche, la situación empeora. Las enfermedades oculares, como el glaucoma, las cataratas y la degeneración macular, así como algunos medicamentos, también pueden causar problemas de visión. La audición disminuye y para un conductor añoso puede ser más difícil notar bocinas, sirenas o incluso alarmas provenientes del propio automóvil. Hay enfermedades, como el Parkinson o el Alzheimer, que en un estadio inicial no impidan conducir pero que con el tiempo se vuelven limitantes. Las secuelas de un accidente cerebrovascular o de un infarto también pueden hacer que ya no sea seguro conducir y hay medicamentos que provocan somnolencia, aturdimiento y pérdida del estado de alerta normal: son efectos secundarios que potencian el riesgo de manejar.

Las señales a tener en cuenta
Tanto los conductores mayores como sus familiares tienen que estar atentos a determinados indicadores que, de registrarse, dan cuenta de la necesidad de bajarse del auto y someterse a exámenes médicos. ¿Hubo choques en el último año? ¿Abolladuras y rayones cuyo origen se desconocen? ¿Infracciones reiteradas? ¿Comentarios de vecinos, amigos o familiares sobre su manera de conducir? ¿Quejas del adulto mayor del tipo “todos se cruzan en el camino”? ¿El conductor relata que a menudo otros conductores le tocan bocina? ¿Se desorientó en algún trayecto y tuvo que pedir ayuda? Si esto sucede, hay que parar la pelota.
El rol de los hijos
Hablar con un padre, una madre o con los abuelos sobre esto es un tema difícil, por lo que hay que ser firmes pero a la vez comprensivos: decirle a alguien que debe dejar de hacer algo que hizo por 50 años o más hará que se ponga a la defensiva, se enoje y se lastime. Los especialistas sugieren evitar la confrontación y usar mensajes como “tengo miedo de que pueda pasarte algo” en lugar de “ya no podés manejar, entendelo”. También, poner el foco en la aptitud del conductor y no en la edad que tiene: “te está costando mucho ver de noche” y no “date cuenta, tenés 80 años”. Si la decisión es irreversible, hay que buscar opciones de transporte distintas del auto para que el adulto mayor no sienta que pierde su independencia si deja de manejar.
La licencia de conducir
Más de 150 profesionales (médicos, psicólogos, técnicos ópticos y fonoaudiólogos) trabajan en las sedes del GCBA donde se renuevan los carnets de conducir. Todos están preparados para analizar a los aspirantes y detectar riesgos aumentados, ya que quienes van a renovar sólo deben declarar si están sanos o no, lo cual en algunos casos los lleva a no decir la verdad por temor al bochazo. Por eso, los médicos y los psicólogos pueden pedir informes y estudios específicos de los que surjan que la persona puede conducir: recién en ese caso podrá darse la licencia.
En la ciudad de Buenos Aires, entre los 60 y los 69 años el registro se extiende por 3 años y a partir de los 70 la vigencia es de 2, pero los médicos pueden definir que se otorgue por un lapso menor sobre la base de los resultados de los exámenes, o bien que se deniegue. Casi el 30 por ciento de las personas consideradas “no aptas” para manejar no obtiene la licencia de conducir por problemas psicológicos, y el 70 por ciento restante por causas físicas, con diabetes (personas insulino-dependientes no tratadas adecuadamente), epilepsia (con episodios frecuentes), afecciones cardíacas y neurológicas al tope del ranking.

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